EL SECRETO DE MUHAMMAD

 

 

M. Shuhud

 

Mulwd, Abril 2005.
12 de Rabi Awal de 1415 de la Hégira.

Del Profeta Muhammad (salla llah alaihy wa salam) podrían decirse muchas cosas en un día como éste, tantas como aspectos diversos resume su persona espiritual y su individualidad histórica. En su calidad de Rasul (Enviado) y de Sello de la Profecía, Muhammad reune en sí todos esos aspectos, de manera singular y unitaria. Pero es precisamente esa Unidad, transpersonal y supraindividual, su aspecto o Maqam más importante, y a él queremos referirnos especialmente en esta ocasión.

Esa Unidad trasciende todos los demás aspectos, que por importantes que sean, siempre se refieren, directa o indirectamente, a una función en el mundo y para el mundo, una función espiritual necesaria, sin duda, pero relativa al devenir y con él a una parte de la gran ilusión cósmica hecha de pura ignorancia del Uno sin segundo. Esa Unidad es territorio exclusivo del Sirr, del Secreto divino. Y si así es, es fácil darse cuenta de que lo más importante del mensaje del Profeta (s…), lo más esencial, la meta última hacia la que tienden todas nuestras más nobles aspiraciones espirituales, pertenece a aquello de lo que Allah habló a Muhammad pero le prohibió transmitir. Según el Hadith, la Revelación que el Profeta recibió de Allah incluía un Conocimiento intransferible, un Conocimiento para revelar a los íntimos y otro dirigido indistintamente a la gran mayoría, relacionados, como se sabe, con la Haqiqa, la Tariqa y la Shariya respectivamente.

En último análisis, todo el mensaje del Profeta orienta y conduce a ese Secreto, a ese Sirr cuya sede permanente es el corazón, el núcleo más interno de la consciencia. Desde ese núcleo central, inmanente y trascendente a la vez, el Secreto todo lo produce, lo gobierna y lo concluye; actúa de dentro hacia fuera y desde ahí todo lo sostiene, todo lo vivifica, todo lo renueva constantemente, a cada latido. Ese centro misterioso es el Corazón de Allah, la Casa de Dios; oculta y silenciosa ahí reside nuestra más íntima y verdadera realidad, nuestro ser auténtico, más allá de todos los velos de luz y oscuridad que componen nuestro complejo y efímero microcosmos humano. Ese secreto es idéntico a la Gran Paz que emana de la Presencia divina (Esh Shakina), paz cuya dulzura, calidez y sosiego son indescriptibles y nadie puede olvidar jamás por poco que haya gustado su sabor.

La unidad espiritual del ser humano, nuestra verdadera identidad individual, es Muhammad; él encarna el prototipo de la perfección adámica, el Hombre universal (al Insan al Kamil), y por tanto el modelo perpétuo de perfección para nosotros. Pero esa perfección primordial es tan solo un anticipo comparada con la perfección de Allah, es decir, con el Secreto de Muhammad. El Sirr del Profeta no podría ser otro que Allah, pero aquí la palabra Allah es aún un sonido humano para designar lo innombrable, lo inconmensurable, el misterio supremo de la identidad o no dualidad entre lo finito y lo infinito. Un hadith del Profeta confirma este hecho cuando dice: “Yo soy Él y Él soy yo sin que Allah deje de ser quien es ni yo el Profeta Muhammad”. También Ibn Arabi dice al respecto: “Poniéndote en la búsqueda de la Casa de Dios, te pones en la búsqueda de ti mismo; cuando llegas cerca de ti mismo tú sabes quien eres; cuando sabes quien eres, conoces a tu Señor y sabes si eres Él o si no eres Él: es entonces cuando obtienes la ciencia verdadera”.

Querido hermanos, que nuestro grado de pobreza espiritual sea suficiente para que la Nûr de Dios brille en nuestros corazones y poder celebrar así el Sirr del Profeta, el Secreto del que también es depositario nuestro amado guia Sidi Hamza. Que Allah los guarde en su seno y en el nuestro, y que nos ofrezca la bendición de morar nosotros en el suyo para siempre.

 

Allahu Akbar